lunes, diciembre 15, 2008

LOS COMPOSITORES DESDE EL ALMA Y CORAZON DEL OYENTE. INTRODUCCION A CARGO DE DAVID BARRERA

DE MISTERIOS EN LA MUSICA
por David Barrera

Si tuviera que apostar entre las posibles opciones, haría mi apuesta a favor de la música como la actividad espiritual más auténticamente humana.
Otras inteligencias, otras civilizaciones en el universo seguramente descubrirían, por sus propios métodos y con su propia historia, las ciencias naturales y exactas; llegarían, a través de sus propios e inimaginables lenguajes, al descubrimiento de los conceptos matemáticos y las nociones fundamentales de las ciencias puras. A través de procesos mentales –o sus análogos- acaso incomprensibles, acaso aparentemente estériles para nuestra percepción del mundo y el pensamiento, crearían sus propias cosmologías, desarrollarían la técnica necesaria para superar sus sentidos, especularían atrevidas hipótesis sobre el origen de todo lo que existe, dividirían la realidad física en sus partes mas pequeñas y se preguntarían también, ansiosos –a su manera- por las magnitudes verdaderas del universo… en resumen: medirían el cosmos con la escala de su propia magnitud, expandiéndose a si mismos mientras colonizan el mundo incorruptible y extraño de las ideas y, a través de ellas, el aparentemente corrupto y cotidiano mundo de la materia tangible.
Acaso la similitud de la suya con nuestra condición no llegue solo hasta ahí: prescindiendo de todas las manifestaciones de la barbarie a que de lugar la historia de esa hipotética especie, es imaginable en ellos la facultad misteriosa de la creación artística. Tal vez no les sea concebible la creación de la imagen, pero acaso si la representación de si mismos usando alegóricamente lo que el exterior trae a sus sentidos, pretendiendo –sobre todo si son de condición mortal- crear huellas en la materia que evoquen su memoria, engendrando así una tradición análoga a la pintura y nombrando como a sí mismos al producto de sus ideas.
La fugacidad de la memoria, hete ahí el origen de toda plástica
Si han de lidiar con el espacio. Si existe además entre ellos la desigualdad (y me pregunto con algo de desconcierto: ¿Cómo habrían llegado a ser civilización sin permitirse la desigualdad, sin someter a las manías de unos pocos el trabajo de muchos otros?) darían también a luz la arquitectura. Aventurándonos a adjudicar a tales seres la ambición del poder (lo que, nuevamente, no parece insensato al pensar en civilizaciones salvo si aceptamos como “civilizada” la organización social de las hormigas) es cuestión de dar un paso más para imaginar a “los ganadores” ostentando, a través del espacio que ocupan, el feliz cumplimiento de sus deseos o, mas noblemente, haciendo de él materia de su propio lenguaje, testimonio de un presente siempre condenado al cambio –verdadera esencia del tiempo y de la destrucción- ; o quizás obligados a ella por las necesidades puramente técnicas que la expansión de su conocimiento impondría a la correlativa creciente complejidad de sus estructuras colectivas.
Quizás crearían una narrativa, memoria contada (naturalmente que no con palabras, no con estas palabras) de sus experiencias reales o imaginarias pero en todo caso posibles o, al menos, deseables; hilvanarían artificiosamente sus propias ambiciones, sus éxitos y sus fracasos, creando así ese motor capaz de excitar su supuesto inconsciente; harían del relato –o lo que en ellos sea comparable- una disciplina rigurosa en la inevitable necesidad de que éste goce de tanto contenido como la realidad en que se inspira y que pretende suspender en el tiempo o incluso –si se quiere ir a tal grado de atrevida similitud con los ideales de nuestra literatura- liberar de su fugacidad histórica y sus particularidades locales para “elevarla” al pedestal del acontecer abstracto e intemporal de los individuos de la especie.
Tal vez incluso descubran la metáfora si, en el ejercicio inimaginable de su inteligencia, se topan con incómodos límites en su lenguaje y, en la acuciante necesidad de nombrar lo innombrable o abarcar de un vistazo lo magnánimo, se vean obligados a crear la poesía, a rozar con palabras ajenas a ellas experiencias no descritas, y entonces den a luz, tarde o temprano, mitologías para explicarse el mundo, personajes imaginarios que doten de identidad a los personajes reales.


*****

A pesar de haber ido tan lejos para obligar a tan extrañas criaturas a parecerse al ser humano en su hacer con el mundo no logro imaginar en ellos la llegada al universo de la música. La música, el ritmo, sostienen silenciosos el peso de su misterio; la música es paradoja no resuelta.
La música permanece en mí irrepresentada; podemos capturar su espectro y, con cierto grado de ambigüedad y enorme dedicación, reproducir su efecto en los sentidos; podemos someter su desarrollo al carácter de un texto, una creación plástica o incluso una experiencia mística, pero el contenido de su inspiración conserva su autarquía; tal vez sea posible entender su prehistoria, pero el deseo que inspira, el sentido de su belleza –cuando la hay- sigue escapando a las palabras (nada extraño, no obstante, en toda belleza) y -radical diferencia con otros lenguajes del arte- su desarrollo se desenvuelve ante todo en la fugacidad del tiempo: no me es posible -en contraste con creaciones de otros campos- ver en bloque ninguna de las buenas obras musicales de las que he sido testigo, o asignar un centro al conjunto de ideas (musicales) que en ellas se presentan.
Así la música –la música “pura”- es la más enorme abstracción dentro de las posibilidades del arte, y el acto que produce en el sentir inalcanzable a través de otros medios.
Es pues problemático pretender sabiduría en ella, la música no “enseña” nada, la música no “permite ver” nada; la música es eso, ni mas ni menos que música, creación de un sentir mudo que -por lo mismo- se torna angustiante para quien quiere hacer del arte un chamán primitivo, y enorme desafío ante nuestra sed de palabras o imágenes que den estructura al mundo.
La música es al mismo tiempo la más “geométrica” de las artes. Su fundamento -el ritmo- no es otra cosa que movimiento obligado a la regularidad, emparentando su condición con las leyes de la física (no en un sentido místico o trascendente, sino simplemente en cuanto la exigencia de regularidad –léase: de ausencia de azar- en el movimiento es condición de posibilidad en ambas).

Y –a pesar de las revoluciones que han cuestionado ese dogma, que sería de gran interés observar con atento detenimiento- se ha creído que la música sólo es música a partir de un lenguaje armónico (heredado o creado), que funda la diferencia en el universo de los sonidos entre el primitivo caos y el orden que potencia el advenimiento de seres que le ocupen.
Contrastando con lo anterior es notorio señalar que tal vez el arte que permite reconocer más fácilmente la subjetividad de su creador, lo que de “único” hay en él, sea la música. Por supuesto que los grandes de todas las artes (incluso de todas las ciencias) y todas las épocas imprimen el sello infalsificable de su genialidad en el producto de sus obras, pero es precisamente la música la que permite que un “sello” de autenticidad se construya aún en espíritus no tan grandes, e incluso en espíritus vulgares.
Existe mucha música mala, acaso no tanta “del montón”. Reconocemos, con unas pocas audiciones, el estilo de un compositor o de un intérprete (esto último con mayor o menor dificultad en relación con el grado de “idealización” del tipo de música que ejecute) si estamos medianamente familiarizados con el lenguaje (léase: género) en que desenvuelve su trabajo artístico; nos habla su subjetividad con voz casi tan clara como la de sus propias palabras, y la autenticidad de su trabajo se decanta casi por gravedad en los matices de sus obras. La música, siendo tal vez la mas difícil de las artes, premia a muchos de sus esclavos (afirmo: muchos más que en otras artes) con el tesoro de un lenguaje que, audible para el otro, conserva no obstante las particularidades intransferibles de su sensibilidad.
Aprender a escuchar la música... ¿es el carácter de una obra inherente a ella o es un agregado puesto por nuestra educación auditiva?, ¿son los “colores” musicales cualidades del objeto sonoro o meras convenciones formales para tratar de describir las facultades de una obra?, ¿existe realmente la música “pura”?, es decir: ¿es la música un arte rescatado de un intangible mundo de las ideas, que preexistiría al hombre, como parece ocurrir con las matemáticas?, ¿se puede ser totalmente insensible a la música? Preguntas que nos llevan casi hasta la teología.
Es pues gran misterio el que acoge en su seno la música: ser un arte en la más pura abstracción y al mismo tiempo conservar el espectro de sus creadores, estar fundada en criterios de regularidad y sin embargo incitar a las mas convulsivas sensaciones. No me explico como pudo el ser humano llegar a la música. No me explico como pudo la música, con sus inefables cualidades, llegar a tener una historia quizás tan compleja como la de cualquier otro saber o medio del hombre para expresar lo indecible. No me explico el goce de la audición musical, capaz de llevar al paroxismo y casi de convencernos de la existencia de lo sobrenatural, y al mismo tiempo silencioso con las ideas que tenemos del mundo (es por esto que la música, en su neutralidad apasionada, ha servido como medio para dar convicción a las muchas veces pueriles fantasías con que el hombre ha querido suavizar el mundo, desde los dogmas religiosos hasta la cursilería romántica).

No me explico, en conclusión, que es propiamente lo musical, dónde está la frontera entre el ruido y la melodía, porqué se escribe en unas y no en otras posibles escalas, ni porqué son los genios de la música, para mí, la expresión suprema de las posibilidades humanas.
Por todo esto, por serme tan ininteligible y tan clara, tan angustiante pero tan indispensable, tan sabia como indiferente, escogería a la música como la más auténtica expresión de lo humano (que así queda abierto -de forma un tanto extraña- a la posibilidad de tener un lugar por fuera del tiempo, aunque visible sólo en el tiempo).


David Barrera

1 comentarios:

qp dijo...

"La música es la abstracción más pura que mueve conciencias", Argimiro Vendrell.

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