MAHLER Y BARENBOIM: UNA RELACION FASCINANTE
por Fernando G. Toledo
La relación vital y artística entre las obras de Gustav Mahler y el director argentino Daniel Barenboim es un episodio fascinante de un momento, éste, que quizá pueda ser el legítimo presente al que se refería el compositor cuando decía: “mi tiempo aún está por llegar”.
Barenboim, como Karajan, llegó tarde a Mahler. El mismo ha confesado que en su juventud le irritaban las obras del autor de Das Klagende Lied: se le aparecían como superficiales, impostadas, triviales a pesar de la creciente valoración que las rodeaba. Sin embargo acaso el hecho de haber sido discípulo del genial sir John Barbirolli (uno de los intérpretes mahlerianos más destacados de todos los tiempos) sembró una semilla en el también pianista que tardó en germinar, pero ha dado buenos frutos.
Para romper con su aversión mahleriana, Barenboim empezó no como conductor, sino como pianista, y en un registro camerístico. Junto al legendario barítono mahleriano Dietrich Friedrich-Dieskau grabó, así, en 1978, un disco doble también legendario, que reunía las Lieder Eines fahrenden Gessellen, las de la colección Das Knaben Wunderhorn y las Rückert Lieder (ver AQUI y AQUI).
Pero a pesar de ese registro atesorable, debió pasar más de una década para que el nombre de Barenboim como director –elogiado por sus Wagner y Mozart, por ejemplo– apareciese junto al de Mahler, muy lentamente, entre las novedades discográficas. El conjunto de partituras grabado por el argentino es ciertamente selecto, pero ya nutrido: Das Lied von der Erde y las sinfonías Quinta, Séptima y Novena. Si consideramos, además, que es muy usual que conduzca al frente de diversas orquestas la Sinfonía Nº 1 “Titán”, no sería de extrañar que Barenboim decida dirigir y hasta grabar todo el repertorio sinfónico del compositor.
Pero, ¿cuáles son las características de sus abordajes? Bien, lo primero que hay que decir es que como director cerebral y detallista que es, Barenboim, ya conquistado por la complejidad de la obra mahleriana, ha propuesto algunas novedades con sus lecturas.
El mejor ejemplo de ello es su versión de la Sinfonía nº 5, que registró con la Sinfónica de Chicago (su antigua orquesta) para el sello Teldec, en 1995. Según él mismo ha relatado, emprendió una apasionante epopeya a la hora de investigar sobre esta partitura, teniendo en cuenta que se trata de uno de los casos en que Mahler reescribió su obra debido a lo que él consideraba errores de composición. Al empaparse en la historia, Barenboim descubrió que la última versión del compositor contenía dos tipos de modificaciones, debidas a dos razones distintas. La primera razón era puramente compositiva, y consistía en correcciones en notas y acordes. Pero la otra razón tenía que ver con un problema diferente: que una orquesta de su tiempo no podía interpretar la obra tal como el compositor la había concebido, y por ello debía atenuar su dificultad para evitar los errores en la ejecución.
Enterado de esto, Barenboim encaró una Quinta especialísima, en la que utilizó los cambios musicales pero mantuvo aquellas partes de la partitura cuyo cambio se debía exclusivamente a las viejas limitaciones de los músicos y que gracias al gran nivel orquestal del presente, eran absolutamente salvables.
El resultado puede gustar más o menos (de hecho, en opinión de quien esto firma, la suya es una gran Quinta aunque no alcance a ser excelente), pero es absolutamente referencial debido, pues, a su original enfoque, no por novedoso menos fiel a las intenciones del compositor.
Barenboim, como Karajan, llegó tarde a Mahler. El mismo ha confesado que en su juventud le irritaban las obras del autor de Das Klagende Lied: se le aparecían como superficiales, impostadas, triviales a pesar de la creciente valoración que las rodeaba. Sin embargo acaso el hecho de haber sido discípulo del genial sir John Barbirolli (uno de los intérpretes mahlerianos más destacados de todos los tiempos) sembró una semilla en el también pianista que tardó en germinar, pero ha dado buenos frutos.
Para romper con su aversión mahleriana, Barenboim empezó no como conductor, sino como pianista, y en un registro camerístico. Junto al legendario barítono mahleriano Dietrich Friedrich-Dieskau grabó, así, en 1978, un disco doble también legendario, que reunía las Lieder Eines fahrenden Gessellen, las de la colección Das Knaben Wunderhorn y las Rückert Lieder (ver AQUI y AQUI).
Pero a pesar de ese registro atesorable, debió pasar más de una década para que el nombre de Barenboim como director –elogiado por sus Wagner y Mozart, por ejemplo– apareciese junto al de Mahler, muy lentamente, entre las novedades discográficas. El conjunto de partituras grabado por el argentino es ciertamente selecto, pero ya nutrido: Das Lied von der Erde y las sinfonías Quinta, Séptima y Novena. Si consideramos, además, que es muy usual que conduzca al frente de diversas orquestas la Sinfonía Nº 1 “Titán”, no sería de extrañar que Barenboim decida dirigir y hasta grabar todo el repertorio sinfónico del compositor.
Pero, ¿cuáles son las características de sus abordajes? Bien, lo primero que hay que decir es que como director cerebral y detallista que es, Barenboim, ya conquistado por la complejidad de la obra mahleriana, ha propuesto algunas novedades con sus lecturas.
El mejor ejemplo de ello es su versión de la Sinfonía nº 5, que registró con la Sinfónica de Chicago (su antigua orquesta) para el sello Teldec, en 1995. Según él mismo ha relatado, emprendió una apasionante epopeya a la hora de investigar sobre esta partitura, teniendo en cuenta que se trata de uno de los casos en que Mahler reescribió su obra debido a lo que él consideraba errores de composición. Al empaparse en la historia, Barenboim descubrió que la última versión del compositor contenía dos tipos de modificaciones, debidas a dos razones distintas. La primera razón era puramente compositiva, y consistía en correcciones en notas y acordes. Pero la otra razón tenía que ver con un problema diferente: que una orquesta de su tiempo no podía interpretar la obra tal como el compositor la había concebido, y por ello debía atenuar su dificultad para evitar los errores en la ejecución.
Enterado de esto, Barenboim encaró una Quinta especialísima, en la que utilizó los cambios musicales pero mantuvo aquellas partes de la partitura cuyo cambio se debía exclusivamente a las viejas limitaciones de los músicos y que gracias al gran nivel orquestal del presente, eran absolutamente salvables.
El resultado puede gustar más o menos (de hecho, en opinión de quien esto firma, la suya es una gran Quinta aunque no alcance a ser excelente), pero es absolutamente referencial debido, pues, a su original enfoque, no por novedoso menos fiel a las intenciones del compositor.
Tras esa experiencia, el conductor argentino ha seguido encarando el trabajo de la misma manera. Al asumir al frente de la Orquesta Estatal de Berlín (Staatskapelle Berlin, una agrupación que viene interpretando un importante bagaje de partituras del compositor bohemio), el gran director y pianista retomó su otoñal pasión por este compositor con la grabación de la Séptima, otro desafío mayúsculo y una apuesta total de su parte, dado que se trata, quizás, de la más incomprendida de todas las sinfonías del gran creador.
Pero al parecer el interés de Barenboim por Mahler no ha decaído un ápice, y es por ello que no sólo ha ofrecido numerosos conciertos con la Staatskapelle de las obras del bohemio, sino que también ha querido continuar con las grabaciones. La última incursión registrada es la que aquí nos compete, y se trata de otro monumento sonoro: la Sinfonía Nº 9, para muchos el más grande legado de Mahler.
La Novena de Barenboim (Warner Classics) también es particular, y no sólo por sus resultados. Éstos, los adelantamos, tampoco alcanzan cumbres ilustres en estas partituras (Bernstein-Berlín, Walter-Viena, el mismo Barbirolli, etc.), pero sí permiten dos o tres cosas que son de agradecer: primero, el placer que resulta oír a una orquesta que suena en un nivel superlativo (de la Staatskapelle Berlin tenemos otro Mahler reciente y fulgurante: la Octava por Boulez). Segundo, el de hacerlo con una grabación de pasmosa excelencia sonora, extraída, para más admiración, de una toma en vivo hecha el 15 de noviembre de 2006. Y tercero, que tiene algunos momentos sublimes, intercalados con otros de menor valía.
Pero al parecer el interés de Barenboim por Mahler no ha decaído un ápice, y es por ello que no sólo ha ofrecido numerosos conciertos con la Staatskapelle de las obras del bohemio, sino que también ha querido continuar con las grabaciones. La última incursión registrada es la que aquí nos compete, y se trata de otro monumento sonoro: la Sinfonía Nº 9, para muchos el más grande legado de Mahler.
La Novena de Barenboim (Warner Classics) también es particular, y no sólo por sus resultados. Éstos, los adelantamos, tampoco alcanzan cumbres ilustres en estas partituras (Bernstein-Berlín, Walter-Viena, el mismo Barbirolli, etc.), pero sí permiten dos o tres cosas que son de agradecer: primero, el placer que resulta oír a una orquesta que suena en un nivel superlativo (de la Staatskapelle Berlin tenemos otro Mahler reciente y fulgurante: la Octava por Boulez). Segundo, el de hacerlo con una grabación de pasmosa excelencia sonora, extraída, para más admiración, de una toma en vivo hecha el 15 de noviembre de 2006. Y tercero, que tiene algunos momentos sublimes, intercalados con otros de menor valía.
Por ejemplo, y curiosamente, Barenboim saca lo mejor de sí y de la Staatskapelle Berlin en los polos de la emoción, es decir, tanto cuando le toca interpretar los momentos más lentos de la partitura (el ensoñado comienzo del primer movimiento, el adagissimo del último) y cuando le proporciona todo el vigor posible y la frescura de quien ya está de vuelta de todo en los dos movimientos centrales (en especial, en el frenesí conclusivo del Rondó-Burleske). Los puntos flacos se encuentran en los caminos intermedios, sobre todo cuando en el gigantesco Andante Comodo inicial debe hacer que la orquesta traduzca esa imagen que se ha descrito poéticamente como la del gigante que se levanta y se resiste a morir con ímpetu, para volver a caer derribado por lo inexorable.
Como fuera, y aunque no consiga recibir el carácter de imprescindible, esta Novena de Mahler por el director argentino es merecedora de toda la atención. Por el lado de Barenboim, porque deja mostrar en carne viva el poder arrollador de la música de un compositor capaz de superar todos los prejuicios, aun los más respetables. Y por el lado del mismo Mahler, porque esto demuestra que sus partituras son aun una fuente de inspiración inagotable, y desafíos mayúsculos incluso para las batutas insignes. Qué duda cabe: de la sangre volcada por los intérpretes en la lucha por conseguir que la belleza vuele lo más alto posible desde la partitura, bebemos nosotros, vampiros sedientos de música.
Como fuera, y aunque no consiga recibir el carácter de imprescindible, esta Novena de Mahler por el director argentino es merecedora de toda la atención. Por el lado de Barenboim, porque deja mostrar en carne viva el poder arrollador de la música de un compositor capaz de superar todos los prejuicios, aun los más respetables. Y por el lado del mismo Mahler, porque esto demuestra que sus partituras son aun una fuente de inspiración inagotable, y desafíos mayúsculos incluso para las batutas insignes. Qué duda cabe: de la sangre volcada por los intérpretes en la lucha por conseguir que la belleza vuele lo más alto posible desde la partitura, bebemos nosotros, vampiros sedientos de música.
Y ahora la grabación.
Tapas, book y alta densidad.
AQUI.

Fernando G. Toledo
Mahler Barenboim





















1 comentarios:
Elgatosierra al aparato
Fernando, esta Novena me ha gustado bastante.
El planteamiento de Barenboim me parece coherente y la prestación de la orquesta sobresaliente. Si a todo esto le unimos el que está sacada de un concierto en directo el resultado me parece francamente elogiable.
Estoy toalmente de acuerdo contigo en términos generales.
Sólo le voy a poner un pequeño pero, el sonido me parece un puntito seco, me ha rascado un poquito en las orejas, y yo soy de los que no tienen el oído demasiado fino. Los instrumentos de madera pierden su calidez y se acercan demasiado a los metales, y eso reseca algo al conjunto. No sé si estás de acuerdo conmigo (compáralo con el de la Filarmónica de Berlín con Bernstein).
Y ya he dicho que la orquesta está estupenda, pero yo me pregunto:
¿qué hubiera hecho Barenboim con la Filarmónica de Berlín o/y la Orquesta del Concertgebouw? ¡Pero esa es ya otra historia, quizá algún día podamos comprobar! No estaría mal.
Salud y paz.
Elgatosierra
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