DESEO Y MITO EN EL NACIMIENTO DE EROS
por Martine
Vivimos atravesando una constante proyección de nuestros deseos. Tenemos consciencia de nuestros deseos pero únicamente en el sentido que perseguimos su satisfacción. Sentimos esta tracción del deseo, la inquietud y la inestabilidad que provoca, lo encontramos en la agitación del pensamiento. Sufrimos las frustraciones y queremos siempre estar donde y cuando nuestros deseos podrían verse satisfechos, siempre descontentos con lo que el presente nos ofrece. ¿Pero con exactitud sabemos lo que deseamos? ¿El adolescente que quiere, desea, una moto sabe exactamente por qué la quiere? Es realmente la moto que él desea o el beneficio de cierto orgullo, de imponencia para con sus amigos, o la ilusión de un sentimiento de fuerza y virilidad?
¿Qué buscamos realmente a través de nuestros deseos?
De manera trivial podemos contestar que se desea lo que se necesita y punto. El animal tiene necesidades tal como el hombre puede tenerlas también: respirar, dormir, comer, be
ber son necesidades en el sentido estricto. Una necesidad aparece por una sensación especifica (sueño, hambre, sed) y cíclica. Si el animal no demora en responder a sus necesidades, el hombre tiene la capacidad de retrasar o desatenderlas. El hombre dispone de una libertad de elección y no es esclavo de sus necesidades, puede controlar, rehusar o aceptarlas. “La necesidad caracteriza la consciencia vital”, esta por definición, es orgánica o biológica.
Ahora bien, porque somos esencialmente una consciencia mental ¿Cómo definir la necesidad en relación al deseo?
Si tenemos necesidad de algo es porque ese algo nos falta. No se necesita lo que se tiene, se desea lo que no tenemos y es necesario. Sobre todo debemos creer realmente que el objeto de nuestro deseo es la encarnación de nuestras expectativas. Mas esta creencia es viva y más el deseo se vuelve intenso. Así que para entender el deseo debemos discernir con exactitud la naturaleza de la necesidad que lo originó. Pues es justamente esa falta lo que le da al deseo su ímpetu y su valor. Sea cual sea lo que necesitamos, hasta si no tiene fundamentos fuera de la representación de una insuficiencia, su acción se expresa con un vacío en el estómago que sentimos cuando el deseo nos invade y, de la consciencia de esta falta, pareciese que somos capaces de sacar una energía extraordinaria, todo el vigor para que nuestras luchas cumplan nuestros deseos.
Sin embargo, esta necesidad psíquica puede interpretarse en un sentido que no es solamente psicológico. Hay una dimensión metafísica del deseo. Pienso que fue Platón, en un texto de “El Banquete”, quien mejor supo describirnos los diferentes valores que tiene el deseo y, para lograrlo, utilizó un mito que evoca su naturaleza. El mito del nacimiento de Eros, símbolo del deseo amoroso.
Cuenta el mito que Eros fue engendrado bajo el auspicio de Afrodita durante un banquete de dioses. Cuando Poros, padre del deseo, uno de los dioses presentes, se retira del ágape embriagado de néctar, cae en la grama. Una mendiga, Penía, representación de la pobreza y la indigencia, quiere sacar provecho de la oportunidad para tener un hijo con Poros y se acuesta junto a él para concebir Eros.
Un mito requiere de una interpretación para pasar del sentido patente al sentido latente. Hablar del nacimiento del deseo, es tratar de clarificar su naturaleza. Penia, la madre, símbolo de la pobreza, la limitación, porque el deseo lleva en él la falta.
Poros, al contrario, simboliza la plenitud sin límites, en efecto hay en el deseo una Fuerza divina, la energía de una vida radiante. El deseo lleva esta ambigüedad de participar a la vez de la plenitud y de la falta y eso de forma indisociable. Porta en él la abundancia de la Vida y, al mismo tiempo, la necesidad. Parece haber una contradicción pero bien se trata de la naturaleza del deseo que en si es contradictorio. Eros no es un dios.
¿Qué buscamos realmente a través de nuestros deseos?
De manera trivial podemos contestar que se desea lo que se necesita y punto. El animal tiene necesidades tal como el hombre puede tenerlas también: respirar, dormir, comer, be
ber son necesidades en el sentido estricto. Una necesidad aparece por una sensación especifica (sueño, hambre, sed) y cíclica. Si el animal no demora en responder a sus necesidades, el hombre tiene la capacidad de retrasar o desatenderlas. El hombre dispone de una libertad de elección y no es esclavo de sus necesidades, puede controlar, rehusar o aceptarlas. “La necesidad caracteriza la consciencia vital”, esta por definición, es orgánica o biológica.Ahora bien, porque somos esencialmente una consciencia mental ¿Cómo definir la necesidad en relación al deseo?
Si tenemos necesidad de algo es porque ese algo nos falta. No se necesita lo que se tiene, se desea lo que no tenemos y es necesario. Sobre todo debemos creer realmente que el objeto de nuestro deseo es la encarnación de nuestras expectativas. Mas esta creencia es viva y más el deseo se vuelve intenso. Así que para entender el deseo debemos discernir con exactitud la naturaleza de la necesidad que lo originó. Pues es justamente esa falta lo que le da al deseo su ímpetu y su valor. Sea cual sea lo que necesitamos, hasta si no tiene fundamentos fuera de la representación de una insuficiencia, su acción se expresa con un vacío en el estómago que sentimos cuando el deseo nos invade y, de la consciencia de esta falta, pareciese que somos capaces de sacar una energía extraordinaria, todo el vigor para que nuestras luchas cumplan nuestros deseos.
Sin embargo, esta necesidad psíquica puede interpretarse en un sentido que no es solamente psicológico. Hay una dimensión metafísica del deseo. Pienso que fue Platón, en un texto de “El Banquete”, quien mejor supo describirnos los diferentes valores que tiene el deseo y, para lograrlo, utilizó un mito que evoca su naturaleza. El mito del nacimiento de Eros, símbolo del deseo amoroso.
Cuenta el mito que Eros fue engendrado bajo el auspicio de Afrodita durante un banquete de dioses. Cuando Poros, padre del deseo, uno de los dioses presentes, se retira del ágape embriagado de néctar, cae en la grama. Una mendiga, Penía, representación de la pobreza y la indigencia, quiere sacar provecho de la oportunidad para tener un hijo con Poros y se acuesta junto a él para concebir Eros.
Un mito requiere de una interpretación para pasar del sentido patente al sentido latente. Hablar del nacimiento del deseo, es tratar de clarificar su naturaleza. Penia, la madre, símbolo de la pobreza, la limitación, porque el deseo lleva en él la falta.
Poros, al contrario, simboliza la plenitud sin límites, en efecto hay en el deseo una Fuerza divina, la energía de una vida radiante. El deseo lleva esta ambigüedad de participar a la vez de la plenitud y de la falta y eso de forma indisociable. Porta en él la abundancia de la Vida y, al mismo tiempo, la necesidad. Parece haber una contradicción pero bien se trata de la naturaleza del deseo que en si es contradictorio. Eros no es un dios.
Eros no es Poros. Poros, dios de la riqueza es perfecto, como lo son todos los dioses. Siendo él la plenitud no tiene nada que desear. La herencia paternal que tiene Eros no es poseer la plenitud, sino más bien la aspiración, el impulso hacía la plenitud. El deseo es por naturaleza idealista, quiere lo mejor y lo perfecto y tiende hacía lo mejor y lo perfecto, pero no los posee. Por este motivo Platón nos advierte que Eros no es tan bello y tan glorioso como uno se lo imagina; es duro, seco y sin sandalias, duerme bajo los techos, puede ser un día saltarín y lleno de vida, estimular el espíritu y fuerza de quien posee pero puede también, el día siguiente, revelar su naturaleza indigente y llevar el hombre hasta la desesperación, vagabundeo y aflicción.
Debemos recordar
que Eros no ha sido concebido por la iniciativa de Poros. La plenitud está más allá del deseo. De la plenitud no puede nacer el deseo, ella es cuando todo deseo ha sido colmado. El hecho que sea Penía que tomó la iniciativa no rebaja el deseo a una simple pulsión biológica, existe una dimensión espiritual en el deseo: un impulso hacia la perfección lo atraviesa. Por otra parte el deseo es compañero de Afrodita y Afrodita es bella. No es una casualidad. El deseo busca en secreto la Belleza y la perfección. Hasta cuando toma “malos caminos”, el deseo todavía sigue buscando la Belleza, la Plenitud y el Bien.
que Eros no ha sido concebido por la iniciativa de Poros. La plenitud está más allá del deseo. De la plenitud no puede nacer el deseo, ella es cuando todo deseo ha sido colmado. El hecho que sea Penía que tomó la iniciativa no rebaja el deseo a una simple pulsión biológica, existe una dimensión espiritual en el deseo: un impulso hacia la perfección lo atraviesa. Por otra parte el deseo es compañero de Afrodita y Afrodita es bella. No es una casualidad. El deseo busca en secreto la Belleza y la perfección. Hasta cuando toma “malos caminos”, el deseo todavía sigue buscando la Belleza, la Plenitud y el Bien. Es un privilegio del hombre el de poder desear. El animal encerrado en su finitud y sin consciencia de ella, no sabría desear. Los mismos dioses, encerrados en su perfección no podrían desear puesto que ya lo tienen todo. Solo una criatura, a la vez mortal, porque vive dentro de un cuerpo carnal, pero la cual por su alma tiene lazos con la eternidad, puede desear. El deseo lleva en su esencia la aspiración a lo perfecto, una sublevación hacía la perfección, así como un impulso creador y un poder de transformación. La fuerza del deseo no se limita al cumplimiento de su meta, sino que releva del desbordamiento de un impulso, de una fuerza que no es otra cosa que la Vida que se da, ella misma, en nosotros. El deseo contiene en si el poder de afirmación y es aquí que reside su gran misterio.
En el seno mismo de la conciencia que se da y se afirma en el deseo debemos saber reconocer los deseos verdaderos de los falsos, los centrales de los superficiales, los que brotan del alma de los que son tumores anárquicos del intelecto, como brotes sin raíces. El falso deseo nace del pensamiento imaginando una necesidad, que con compulsión representa solo la compensación de un vacío, de un sufrimiento donde no hay verdadera satisfacción una vez conseguida la meta.
El deseo verdadero, autentico y prístino, conlleva la “completud” de sí. No va negativamente hacía su objeto, como para llenar un vacío o una necesidad, más bien camina hacia él, positivo, porque es aventura, conquista. Es una chispa de pasión sin otro motivo que la alegría de desear y encontrar. Cuando el deseo se sublima a si mismo arde como pasión pura, se vuelve ardor generoso que aspira a una transformación de lo que es hacía un estado superior. Participa de un movimiento de expansión del corazón que busca a ampliar la vida y engrandecerla.
En el seno mismo de la conciencia que se da y se afirma en el deseo debemos saber reconocer los deseos verdaderos de los falsos, los centrales de los superficiales, los que brotan del alma de los que son tumores anárquicos del intelecto, como brotes sin raíces. El falso deseo nace del pensamiento imaginando una necesidad, que con compulsión representa solo la compensación de un vacío, de un sufrimiento donde no hay verdadera satisfacción una vez conseguida la meta.
El deseo verdadero, autentico y prístino, conlleva la “completud” de sí. No va negativamente hacía su objeto, como para llenar un vacío o una necesidad, más bien camina hacia él, positivo, porque es aventura, conquista. Es una chispa de pasión sin otro motivo que la alegría de desear y encontrar. Cuando el deseo se sublima a si mismo arde como pasión pura, se vuelve ardor generoso que aspira a una transformación de lo que es hacía un estado superior. Participa de un movimiento de expansión del corazón que busca a ampliar la vida y engrandecerla.
Martine





















2 comentarios:
¿Sin comentarios hasta la fecha?. ¿Demasiado "intelectual" o que?
Es justo pues que nos preguntemos, para abrir por algún lado el debate, hasta dónde hemos hecho nuestras vidas en pos del auténtico e intransferible deseo y hasta donde el esfuerzo que nos mueve es inauténtico, un caminar guiados por el destello engañoso del poder o el prestigio...¿vivimos actualmente bajo una crisis del deseo?
Buena lectura, gracias Martine
David: ser hedonista es para muchos algo superficial y deleznable, demasiado terreno y promiscuo, y para muchos otros todo lo contrario. En definitiva, somos humanos, sexuados, y el deseo nuestra cadena de liberación y esclavitud, según como la usemos. No hay crisis del deseo. Es el deseo el que la provoca, cuando está ausente.
El deseo es la base...
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