LA MUERTE, ¿LUGAR DE CONVIVENCIA PARA LOS VIVOS?
por Martine
por Martine
A pesar de que sabemos de algunos monos que llevan con ellos, por unos días, sus crías muertas, a priori el animal no parece ser capacitado para realizar un culto de los muertos, es decir la conmemoración de un ser que dejó una huella en la tierra.
Esta práctica requiere no solamente de la conciencia de la muerte pero también de la necesidad de la memoria. Por esta razón podemos preguntarnos en qué, esta voluntad de inmortalizar los muertos, es justamente una marca, un sello de la humanidad o, dicho de otra manera, de estos individuos que se agrupan entre ellos y que son los únicos seres capaces de recordarse de ellos mismos. Si muchas veces esta practica parece hoy en día superflua y obsoleta, no deja por eso de ser un rasgo universal propio del hombre a través de los siglos y culturas. Según los expertos en prehistoria los comportamientos funerarios característicos de la especie humana parecen manifestarse desde 100.000 años A.C. y estas primeras sepulturas paleolíticas presentan caracteres y variedades que todavía hoy son comprensibles y revelan la diversidad social y cultural de las relaciones de los vivos frente la muerte de uno de ellos, así como cierta continuidad de comportamientos típicos de la especie.¿Para quién doblan las campanas? Esas anuncian la muerte a los vivos. La muerte de otro anuncia nuestra propia muerte. ¡Todos moriremos! La proximidad de la muerte de un ser querido hace de golpe nuestra vida propia extremadamente frágil. La muerte es una verdad ineluctable, una verdad fundamental y fatal de la que no se salva ningún vivo.
No es una amenaza de muerte que pronunciamos sobre alguien, no es un anhelo o un deseo que alimentamos contra otro. La muerte es un hecho biológico, pero también un hecho cultural y social. Esta conciencia de la finitud de la vida provoca el pavor y su consecuencia: la necesidad de encontrar una escapatoria. La muerte es el objeto más elevado de estudios de todas las tradiciones que se asoman sobre el ser y su perennidad. La mayor parte de las religiones no existiesen si no propusieran respuestas frente a la muerte. Reencarnación, paraíso, nada, reencuentros después de la muerte, cambio de estado o planos, cualquier cosa es mejor que la incertidumbre. A todo lo largo de la historia de la humanidad, la muerte ha sido objeto de rituales: ritos del paso o cruce, culto de los muertos, técnicas de supervivencia. A través de esos ritos se dibuja la búsqueda verdadera: la inmortalidad. De aquí los ritos funerarios, esos tienen funciones muy precisas: marcar el respeto al muerto (bien sea para apropiarse de su fuerza espiritual o para impedirle de perjudicar a los vivos) y transformar la realidad biológica de la muerte en un evento colectivo.
Esta práctica requiere no solamente de la conciencia de la muerte pero también de la necesidad de la memoria. Por esta razón podemos preguntarnos en qué, esta voluntad de inmortalizar los muertos, es justamente una marca, un sello de la humanidad o, dicho de otra manera, de estos individuos que se agrupan entre ellos y que son los únicos seres capaces de recordarse de ellos mismos. Si muchas veces esta practica parece hoy en día superflua y obsoleta, no deja por eso de ser un rasgo universal propio del hombre a través de los siglos y culturas. Según los expertos en prehistoria los comportamientos funerarios característicos de la especie humana parecen manifestarse desde 100.000 años A.C. y estas primeras sepulturas paleolíticas presentan caracteres y variedades que todavía hoy son comprensibles y revelan la diversidad social y cultural de las relaciones de los vivos frente la muerte de uno de ellos, así como cierta continuidad de comportamientos típicos de la especie.¿Para quién doblan las campanas? Esas anuncian la muerte a los vivos. La muerte de otro anuncia nuestra propia muerte. ¡Todos moriremos! La proximidad de la muerte de un ser querido hace de golpe nuestra vida propia extremadamente frágil. La muerte es una verdad ineluctable, una verdad fundamental y fatal de la que no se salva ningún vivo.
No es una amenaza de muerte que pronunciamos sobre alguien, no es un anhelo o un deseo que alimentamos contra otro. La muerte es un hecho biológico, pero también un hecho cultural y social. Esta conciencia de la finitud de la vida provoca el pavor y su consecuencia: la necesidad de encontrar una escapatoria. La muerte es el objeto más elevado de estudios de todas las tradiciones que se asoman sobre el ser y su perennidad. La mayor parte de las religiones no existiesen si no propusieran respuestas frente a la muerte. Reencarnación, paraíso, nada, reencuentros después de la muerte, cambio de estado o planos, cualquier cosa es mejor que la incertidumbre. A todo lo largo de la historia de la humanidad, la muerte ha sido objeto de rituales: ritos del paso o cruce, culto de los muertos, técnicas de supervivencia. A través de esos ritos se dibuja la búsqueda verdadera: la inmortalidad. De aquí los ritos funerarios, esos tienen funciones muy precisas: marcar el respeto al muerto (bien sea para apropiarse de su fuerza espiritual o para impedirle de perjudicar a los vivos) y transformar la realidad biológica de la muerte en un evento colectivo.
Según las épocas y las civilizaciones, los grupos y clases sociales, los ritos revisten a la muerte con muchas caras y así le dan múltiples interpretaciones. El imaginario colectivo se adueña de la muerte y recurre a representaciones simbólicas diversas según las culturas; “los valores dominantes de un pueblo o de un grupo se reflejan en sus artes moriendi y en su estilo particular de duelo”.
El sentido de la vida está estrechamente ligado al sentido de la muerte. Lo mismo vale para las modalidades de vivir y morir. Pero cualquier sea la forma de los rituales, todos tienen denominadores comunes: alimentar la convivencia de los vivos entre si y con los muertos, la continuidad del orden cósmico y el equilibrio del ciclo de alternancia vida-muerte-renacer. La muerte de un familiar es señal de una ruptura, el orden en la estructura del grupo está quebrantado y un lugar queda vacío. El ritual permite la reestructuración de la tela social. En las sociedades tradicionales, a través de palabras y gestos sagrados, el ritual confirmaba y elevaba el orden social hasta su más alto nivel. Los cementerios son lugares particulares para los encuentros entre vivos y muertos. Antiguamente el cementerio no solo era concebido como una casa para los muertos pero también para los vivos. Si la muerte es rotura en el grupo, el cementerio “archivo de piedra” permite la continuidad en la sedimentación de la historia. La escritura del cementerio es obra de los supervivientes cuyo deseo es mantener vivo lo que, en la vida del difunto, es digno de recordar. El cementerio rural, práctica del indefinido, nos habla de los linajes y alianzas, de la jerarquía de la vida social. El cementerio urbano, practica la finitud y alberga la intimidad de la esfera privada.
La puesta en tierra del cuerpo simboliza el retorno al seno maternal y prefigura un nuevo alumbramiento y mientras se entrega el muerto a la naturaleza y la putrefacción, se cree en la supervivencia en otro mundo y en la cercanía de los vivos con los muertos. Todo es linear y horizontal, marcado por la continuidad.El fuego destructor y regenerador, ligado a la cremación del cuerpo privilegia la línea vertical y simboliza la separación de con los vivos y la elevación de un alma prometida a una existencia etérea.Hoy en día, en nuestra sociedad occidental técnicamente controlada por la racionalidad, la incomodidad frente a los ritos está ligada a la pulverización de la solidaridad colectiva. Uno de los objetivos del trabajo del duelo era el distanciamiento con el difunto y la aceptación de una relación con lo invisible. Hoy, la comunidad de los vivos atraviesa una crisis y entretenemos con la muerte una extraña paradoja: es objeto de terror y por temor la escondemos cuando al mismo tiempo la muerte está exhibida en toda su crudeza.
Las pantallas de televisores y los periódicos están poblados por las atrocidades de la muerte: seísmos, hambre, accidentes de transito. La muerte se practica en gran escala: genocidios, guerras, atentados suicidios, homicidios, infanticidios. La muerte es reclamada por ciudadanos a favor de la restauración de la pena de muerte.
La muerte es tráfico con la venta de armas y droga. La muerte es amenaza con la instalación de bases nucleares. La muerte es comercio como producto muy rentable para la industria y organización funeraria. Pero, por otro lado, la muerte ha sido silenciada como un tema tabú.
Es una palabra que se evita decir frente al moribundo y este último la calla también para ahorrar tristeza a sus seres queridos. Incluso hemos sacado la muerte de nuestras casas para llevarla al hospital donde enfermos y ancianos mueren solos. Gracias a la química la muerte perdió su carácter escandaloso y se suavizó a tal punto que se parece al sueño, inofensiva. De la misma manera el duelo se hizo más discreto para no decir que, en realidad, casi ha desaparecido del espacio público para volverse un acto privado. La “privatización” del duelo es una manera de ocultar la muerte. En nuestra época cuando el valor de la competitividad domina, la muerte es percibida como un fracaso y el fin del prestigio social. Fuera de los miembros del núcleo familiar, los otros disimulan mal su torpeza e incomodidad ante el cadáver del difunto.
Algunas horas en presencia del muerto y su familia se han vuelto una perdida de tiempo. Las obligaciones sociales del trabajo, de la rentabilidad y la productividad impiden dedicar tiempo en rituales y convivencia, y sobre todo nos permite evadir el enfrentamiento con la realidad tangible de la muerte. La sociedad moderna se escandaliza frente a la muerte como frente a un objeto obsceno que debemos esconder o tapar. La muerte de un conocido apenas nos afecta, la percibimos como exterior así como nuestra propia muerte que tratamos, fríamente, como un concepto ajeno. Entre todos los ritos, un solo parece mantener un sentido, basado no en el intercambio y tampoco en la reciprocidad vivos-muertos, pero en una elaboración del duelo fundado sobre el amor desinteresado, que sepa tomar sobre si la responsabilidad del difunto, continúe de vivir para él, recordándolo y hablando de él.
El sentido de la vida está estrechamente ligado al sentido de la muerte. Lo mismo vale para las modalidades de vivir y morir. Pero cualquier sea la forma de los rituales, todos tienen denominadores comunes: alimentar la convivencia de los vivos entre si y con los muertos, la continuidad del orden cósmico y el equilibrio del ciclo de alternancia vida-muerte-renacer. La muerte de un familiar es señal de una ruptura, el orden en la estructura del grupo está quebrantado y un lugar queda vacío. El ritual permite la reestructuración de la tela social. En las sociedades tradicionales, a través de palabras y gestos sagrados, el ritual confirmaba y elevaba el orden social hasta su más alto nivel. Los cementerios son lugares particulares para los encuentros entre vivos y muertos. Antiguamente el cementerio no solo era concebido como una casa para los muertos pero también para los vivos. Si la muerte es rotura en el grupo, el cementerio “archivo de piedra” permite la continuidad en la sedimentación de la historia. La escritura del cementerio es obra de los supervivientes cuyo deseo es mantener vivo lo que, en la vida del difunto, es digno de recordar. El cementerio rural, práctica del indefinido, nos habla de los linajes y alianzas, de la jerarquía de la vida social. El cementerio urbano, practica la finitud y alberga la intimidad de la esfera privada.
La puesta en tierra del cuerpo simboliza el retorno al seno maternal y prefigura un nuevo alumbramiento y mientras se entrega el muerto a la naturaleza y la putrefacción, se cree en la supervivencia en otro mundo y en la cercanía de los vivos con los muertos. Todo es linear y horizontal, marcado por la continuidad.El fuego destructor y regenerador, ligado a la cremación del cuerpo privilegia la línea vertical y simboliza la separación de con los vivos y la elevación de un alma prometida a una existencia etérea.Hoy en día, en nuestra sociedad occidental técnicamente controlada por la racionalidad, la incomodidad frente a los ritos está ligada a la pulverización de la solidaridad colectiva. Uno de los objetivos del trabajo del duelo era el distanciamiento con el difunto y la aceptación de una relación con lo invisible. Hoy, la comunidad de los vivos atraviesa una crisis y entretenemos con la muerte una extraña paradoja: es objeto de terror y por temor la escondemos cuando al mismo tiempo la muerte está exhibida en toda su crudeza.
Las pantallas de televisores y los periódicos están poblados por las atrocidades de la muerte: seísmos, hambre, accidentes de transito. La muerte se practica en gran escala: genocidios, guerras, atentados suicidios, homicidios, infanticidios. La muerte es reclamada por ciudadanos a favor de la restauración de la pena de muerte.
La muerte es tráfico con la venta de armas y droga. La muerte es amenaza con la instalación de bases nucleares. La muerte es comercio como producto muy rentable para la industria y organización funeraria. Pero, por otro lado, la muerte ha sido silenciada como un tema tabú.
Es una palabra que se evita decir frente al moribundo y este último la calla también para ahorrar tristeza a sus seres queridos. Incluso hemos sacado la muerte de nuestras casas para llevarla al hospital donde enfermos y ancianos mueren solos. Gracias a la química la muerte perdió su carácter escandaloso y se suavizó a tal punto que se parece al sueño, inofensiva. De la misma manera el duelo se hizo más discreto para no decir que, en realidad, casi ha desaparecido del espacio público para volverse un acto privado. La “privatización” del duelo es una manera de ocultar la muerte. En nuestra época cuando el valor de la competitividad domina, la muerte es percibida como un fracaso y el fin del prestigio social. Fuera de los miembros del núcleo familiar, los otros disimulan mal su torpeza e incomodidad ante el cadáver del difunto.
Algunas horas en presencia del muerto y su familia se han vuelto una perdida de tiempo. Las obligaciones sociales del trabajo, de la rentabilidad y la productividad impiden dedicar tiempo en rituales y convivencia, y sobre todo nos permite evadir el enfrentamiento con la realidad tangible de la muerte. La sociedad moderna se escandaliza frente a la muerte como frente a un objeto obsceno que debemos esconder o tapar. La muerte de un conocido apenas nos afecta, la percibimos como exterior así como nuestra propia muerte que tratamos, fríamente, como un concepto ajeno. Entre todos los ritos, un solo parece mantener un sentido, basado no en el intercambio y tampoco en la reciprocidad vivos-muertos, pero en una elaboración del duelo fundado sobre el amor desinteresado, que sepa tomar sobre si la responsabilidad del difunto, continúe de vivir para él, recordándolo y hablando de él.
Embriagados por la tecnología creímos poder alejar por tiempos indefinidos la hora de la muerte, perdimos el lenguaje y los gestos con los cuales las sociedades anteriores habían domado sus terrores, rechazamos la convivencia para morir solo y dejar nuestros seres más queridos sin preparación para el destrozo y la quiebra afectivos.
Incluso, con nuestro silencio, le denegamos a la muerte su derecho fatal. Pareciera que el mito de la inmortalidad cedió su lugar al mito de la “a-mortalidad”.
Incluso, con nuestro silencio, le denegamos a la muerte su derecho fatal. Pareciera que el mito de la inmortalidad cedió su lugar al mito de la “a-mortalidad”.
Martine





















2 comentarios:
La muerte es el fin, y por eso luchamos como Gilgamesh para poder supervivir. Un funeral y enterrar a nuestros muertos tiene esa connnotancia: que todo sigue. El culto a la muerte hoy en día es el mejor de los negocios y la única emoción que parece quedarle al ser humano es coquetear con ella.
Cuervo, no te olvidaremos.
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