SOBRE TOLKIEN Y EL SEÑOR DE LOS ANILLOS
por Laura Michel Sandoval
“Se le ha considerado el libro más grandioso y más popular del siglo XX...”.
Hace algunos años, en el 2000, para ser exactos, estas palabras abrieron las primeras imágenes mostradas por internet de las películas de Peter Jackson basadas en la obra El Señor de los Anillos, de J.R.R. Tolkien. En ese entonces, se referían a un libro al que eruditos y especialistas habían pasado por alto, o dejado como material de cultos subterráneos. Pero distaban mucho de ser una exageración: para sorpresa del mundillo intelectual inglés, el libro de Tolkien quedó en primer lugar en las listas de “libros del siglo” en sendas encuestas realizadas en 1997 por la librería Waterstone, la Folio Society y el periódico Daily Telegraph.
Lo que sí estuvo exagerado fue la reacción que prestigiados literatos y profesores mostraron ante los resultados de las encuestas. Como si hubiéramos regresado en el tiempo casi cincuenta años - cuando se publicó el primer volumen de El Señor de los Anillos - docenas de críticos avinagrados levantaron sus voces en señal de protesta. Hubo quien llamó al hecho “un día negro para la cultura británica”. Algunos incluso dijeron que eso demostraba el desperdicio que era enseñar a la gente a leer.
El Señor de los Anillos es un libro ameno, interesante, profundamente simbólico y rico en imágenes y vocabulario; por si fuera poco, su autor es un catedrático de la Universidad de Oxford. ¿La razón de tanto alboroto, entonces? Simple: el mejor libro del siglo XX (de lengua inglesa, al menos) es una novela de fantasía.
Cuando el profesor John Ronald Reuel Tolkien, filólogo, profesor de lengua y literatura inglesa y estudioso de, entre otras cosas, los mitos y los cuentos de hadas, publicó en 1954 La Comunidad del Anillo, el primer volumen de El Señor de los Anillos, ni siquiera él sabía qué esperar. Su obra (que no era en realidad una trilogía pero que por cuestiones de costo había tenido que partirse en tres) era totalmente distinta a cualquier novela que hubiera aparecido en la lengua inglesa, con excepción, tal vez, de los relatos fantásticos que de cuando en cuando podían encontrarse en revistas pulp de ciencia ficción. Se trataba de una moderna “épica” en un mundo totalmente inventado, la Tierra Media, que contaba con su propia historia, cultura, mitología y, por supuesto, lenguas.
Lo que sí estuvo exagerado fue la reacción que prestigiados literatos y profesores mostraron ante los resultados de las encuestas. Como si hubiéramos regresado en el tiempo casi cincuenta años - cuando se publicó el primer volumen de El Señor de los Anillos - docenas de críticos avinagrados levantaron sus voces en señal de protesta. Hubo quien llamó al hecho “un día negro para la cultura británica”. Algunos incluso dijeron que eso demostraba el desperdicio que era enseñar a la gente a leer.
El Señor de los Anillos es un libro ameno, interesante, profundamente simbólico y rico en imágenes y vocabulario; por si fuera poco, su autor es un catedrático de la Universidad de Oxford. ¿La razón de tanto alboroto, entonces? Simple: el mejor libro del siglo XX (de lengua inglesa, al menos) es una novela de fantasía.
Cuando el profesor John Ronald Reuel Tolkien, filólogo, profesor de lengua y literatura inglesa y estudioso de, entre otras cosas, los mitos y los cuentos de hadas, publicó en 1954 La Comunidad del Anillo, el primer volumen de El Señor de los Anillos, ni siquiera él sabía qué esperar. Su obra (que no era en realidad una trilogía pero que por cuestiones de costo había tenido que partirse en tres) era totalmente distinta a cualquier novela que hubiera aparecido en la lengua inglesa, con excepción, tal vez, de los relatos fantásticos que de cuando en cuando podían encontrarse en revistas pulp de ciencia ficción. Se trataba de una moderna “épica” en un mundo totalmente inventado, la Tierra Media, que contaba con su propia historia, cultura, mitología y, por supuesto, lenguas.
Tolkien, en realidad, había empezado a trabajar en ese mundo de su imaginación y sus leyendas desde hacía más de treinta años, y ya había mostrado una parte de él en su primera novela, un libro para niños (que por cierto asombró y deleitó a muchos adultos) llamado El Hobbit (1939).
En este libro se cuentan las aventuras de Bilbo Baggins, un hobbit (una raza parecidos a humanos en miniatura, lampiños y de pies peludos) que un día se marcha, no de muy buena gana, a buscar un tesoro robado por un dragón, en compañía de trece enanos y un mago llamado Gandalf.
El libro tuvo bastante éxito, y los editores le pidieron a Tolkien que escribiera una continuación (porque el público quería saber más de los hobbits). Pero esta continuación tardaría mucho en llegar... y pasaría por un camino bastante tortuoso y salpicado de incidentes (por ejemplo un par de bloqueos creativos, alguna que otra crisis existencial y un pleito con los editores). Pero cuando llegó, como mencionaría C.S. Lewis, colega de Tolkien, la vida no volvería a ser la misma.
El Señor de los Anillos retoma la historia donde se quedó El Hobbit. Al regresar de su viaje, Bilbo trae, entre muchas otras riquezas, un anillo mágico que hace invisible a quien se lo pone. Y es a Frodo, el sobrino de Bilbo, a quien le toca enterarse de cuales son los verdaderos poderes de ese anillo... y embarcarse en una nueva aventura, mucho más difícil, en la que el destino del mundo está en juego. En total: poco más de un millar de páginas repletas de dramáticas batallas, escenas conmovedoras y personajes inolvidables.
En el tiempo de su publicación, la obra de Tolkien recibió, casi en la misma medida, halagos y críticas negativas. Éstas últimas coincidían en un punto: el libro era un cuento de hadas anormalmente crecido, con ideas planas y personajes totalmente arquetípicos que sólo podría considerarse como un escape de la realidad. Las mismas acusaciones, curiosamente, que recibió El Señor de los Anillos en 1997 al ser nombrado el libro del siglo, y que, aparte de sonar un poco anticuadas ya, pueden rebatirse con facilidad con tan sólo una lectura cuidadosa de la novela.
Pero, después de todo, eso no debería ser motivo de sorpresa. Como lo mencionara la autora de literatura fantástica Ursula LeGuin, muchos adultos que le huyen a la fantasía como si ésta fuera un perro rabioso lo hacen porque temen a la libertad, comenzando por la de su mente (y la libertad, como bien sabemos, implica riesgos y responsabilidades). Los lectores que aún hoy se impresionan con la obra de Tolkien no es porque hayan encontrado un escape de esta realidad (opresiva, cruel, atosigante y todos los apelativos bonitos que gusten; de todas formas nos tocó vivir aquí), sino porque han aprendido a verla con otros ojos. En El Señor de los Anillos se nos muestran, muchas veces amplificados y cubiertos con una deliciosa capa de aventuras, las virtudes y debilidades humanas, la constante búsqueda del amor y la amistad; el bien, y, por supuesto, el mal en su forma más básica: la ausencia de bondad.
Una obra literaria se convierte en clásica cuando muchas generaciones continúan acudiendo a él y encuentran mensajes válidos para su tiempo y espacio (y un caso clarísimo es el de Shakespeare). El Señor de los Anillos, para gusto de muchos y disgusto de unos cuantos, ya se encuentra en la categoría de clásico; no por nada se ha traducido a docenas de idiomas y continúa en los primeros lugares de venta en las librerías.
Las películas de Peter Jackson pudieron dar a conocer la historia de Tolkien al al gran público (al que está más acostumbrado a ver con los ojos físicos, los que a veces se llenan de cansancio y lágrimas), y darle a los críticos que detestan tanto la imaginación y que creen que puedes destrozar una obra tan sólo por llamarla “infantil” o “escapista” más razones para aullar; con o sin películas, el fenómeno ya estaba consumado. Más de cincuenta años después de su publicación, El Señor de los Anillos sigue atrayendo lectores con su magnífica trama, su profundo acercamiento al corazón humano y su cálido (y todavía universal) mensaje: La oscuridad no triunfará para siempre.
Laura Michel Sandoval
La autora de este ensayo es una prestigiosa erudita y estudiosa de la obra de Tolkien y sus opúsculos tienen acreditación mundial. Es un honor para quien suscribe estas líneas compartir con ustedes este ensayo escrito por la autora generosamente para este Blog. Además, es la esposa de mi amigo Gabriel Benítez, popularmente conocido como El Capitán Quasar en la WEB.
























4 comentarios:
Al entrar al liceo, ingresé como interna, y eso por unos años. Fuera de las escapadas, burlando exitosamente la vigilancia, mi “supervivencia” en mundo tan estrecho fue condicionada por la lectura. Entre centenares de libros engullidos, tres quedaron siempre al alcance de mi mano y de mi lamparita de batería, y así brincar las paredes con la mente, cuando no se podía hacer con los pies. Dune de Frank Herbert, El Maestro y Margarita de Mikhaïl Boulgakov y El Señor de los Anillos de Tolkien. Respeto a este último mi imaginación ha creado con tanta fuerza los rasgos de sus personajes que aun no pude decidirme a ver la película.
Martine, te agradezco mucho este comentario, lo mismo el que pusiste en la entrada sobre el español de México (ah, hola, soy Laura). De veras que en la vida hay libros que nos marcan, y éste del profesor Tolkien ha llegado a tocar muchos corazones. Me alegra ver que ha sido parte de tu vida igual que de la mía.
Las películas... bueno, en ellas hay muchos detalles que encantan combinados (a veces muy revueltos) con otros que decepcionan. Si algún día te animas a verlas, espero que sean los primeros los que permanezcan en tu mente. Por lo pronto, la música es muy bonita; prueba a escucharla.
Hola Laura,
Sinceramente agradecida por tu respuesta.Sí, ciertos libros marcan. Siempre me ha parecido increible que, al penetrar el mundo imaginario de un escritor, este, como el efecto de las ondas formadas por una piedra tirada al agua, abrirá y desarrollará el imaginario de millones de lectores... Y lo más probable es que ningún de ellos se parezca a otro.
No dejes de alimentar el "nido" de nuestro querido Cuervo con tan interesantes artículos.
Gracias y Saludos.
Un artículo oportuno y certero. he disfrutado leyéndolo, porque a mí como a otros muchos me sorprendió su significado y profundidad, cosa que muchos no han visto, y he tenido que lidiar con ellos sobre la grandeza de esta obra. Un saludo afectuoso!!
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