Yo estaba en otro mundo, lejos de cualquier otro punto de referencia que se te pueda ocurrir, amable lector. Me rodeaba un espacio familiar: cortinas rojas, un escritorio, un fondo que hacía las veces de oficina y frente a mis ojos, la pantalla de un monitor que abúlicamente me mostraba plantillas semejantes a galimatías chinos. Mi burbuja íbase alejando más y más y la boya que amarré en la localidad que signa el límite de mi cordura apenas despedía una luminiscencia que revelaba cuan lejos yo me hallaba. Sin rumbo, sin marcas, sin destino y sin esperanzas.
Y de improviso, aunque decirlo no hace falta, la puerta de aquel fondo, cada vez más oscuro, que las veces de oficina hacía, fue abierta y apareció una mujer que sin conocerla ni haberla visto nunca, sabía perfectamente quien era.
Aquélla aparición maravillosa y quizás éste énfasis te parezca posiblemente algo místico, estimado lector, me provocó una inusual introspección; pero si tú la hubieras visto seguramente habrías creado un culto alrededor de ella y te habrías arrogado el total derecho de ser todo en uno: sumo sacerdote y adorador.
Yo estaba tieso, expectante y mis ojos, en ayunas desde tiempos innombrables, volvían a la vida devorando cada detalle de la primorosa presencia que a su vez me miraba, parecíame, con un dejo de compasión.
Pensé con un atisbo de lucidez, mientras la Dama lentamente a mí se acercaba, "¿será la muerte que finalmente me encontraba? Al fin de cuentas la Muerte es mujer y se dice que enamorada y despechada siempre iba en busca de lo que más deseaba".
Pero descarté tal dislate: la mujer no llevaba vestimenta negra ni guadaña, y su tez no era blanca pálida.
La mujer era alta, esbelta, de caminar recto, delgada. Su rostro, bellísimo, conformaba una boca pequeña de labios carnosos de ardiente grana. Su nariz a tono con sus labios, también era deliciosamente pequeña culminando en una redondez meridiana. Un mentón firme que determinaba carácter y poca paciencia y hasta quizás una pose caprichosa. Los ojos, de un marrón intenso, movíanse de extremo a extremo, con inquietud y a la vez con censura. Su frente, generosa, revelaba una inteligencia extraordinaria y sus cabellos, oscuros, caían en densa y lacia cascada. Un cuello de cisne remataba esta descripción con sus mejillas apenas sonrosadas. Y muy coqueta.
No ví más, pues su rostro atrapaba toda mi atención desprejuiciada.
La esplendorosa mujer llegó hasta mí y se sentó a mi lado, yo me dí la vuelta y quedamos frente a frente.
Hizo unos mohínes que me resultaron exquisitos y mientras fruncía un poquitín el ceño, cruzó sus piernas: la izquierda sobre la derecha. Fue inevitable para mí, mirar sus piernas: largas, finas, apenas torneadas.
Ella percibió mi mirada y dijo con tono de halagada:
-Es mi pollera griega, ¿te gusta? La compré en un viaje que hice a Grecia hace cinco años. -Y al decirlo, sus manos tomaron los bordes y con suma gracia femenina, los encogió por encima de sus rodillas, dejando a la luz un sutil corte que alentaba mi deseo.
Pero algo urgente necesitaba una directa explicación.
-¡Hablas! ¿Quién eres tú que entras así porque sí en mi espacio privado?
La mujer se echó atrás, sorprendida, mientras yo miraba su pollera griega y dijo:
-Deja de bromear. Soy tu novia, tu futura esposa; te vengo a buscar, ¡hoy nos casamos!
Al momento, sentí un ahogo que acusaba con insistencia cerrar mi existencia. Desvié mi ojos de ella y busqué el reflejo de la boya y concentré todo mi ser en ella, mientras lloraba porque... yo la amaba. Nací para amarla y adorarla.
La luz se hizo más fuerte y al darme la vuelta, ella ya no estaba a mi lado, pero en su lugar, en la silla, estaba perfectamente doblada, la pollera griega de una mujer de quien en mi realidad rehuía, pero en mis sueños buscaba.
Y de improviso, aunque decirlo no hace falta, la puerta de aquel fondo, cada vez más oscuro, que las veces de oficina hacía, fue abierta y apareció una mujer que sin conocerla ni haberla visto nunca, sabía perfectamente quien era.
Aquélla aparición maravillosa y quizás éste énfasis te parezca posiblemente algo místico, estimado lector, me provocó una inusual introspección; pero si tú la hubieras visto seguramente habrías creado un culto alrededor de ella y te habrías arrogado el total derecho de ser todo en uno: sumo sacerdote y adorador.
Yo estaba tieso, expectante y mis ojos, en ayunas desde tiempos innombrables, volvían a la vida devorando cada detalle de la primorosa presencia que a su vez me miraba, parecíame, con un dejo de compasión.
Pensé con un atisbo de lucidez, mientras la Dama lentamente a mí se acercaba, "¿será la muerte que finalmente me encontraba? Al fin de cuentas la Muerte es mujer y se dice que enamorada y despechada siempre iba en busca de lo que más deseaba".
Pero descarté tal dislate: la mujer no llevaba vestimenta negra ni guadaña, y su tez no era blanca pálida.
La mujer era alta, esbelta, de caminar recto, delgada. Su rostro, bellísimo, conformaba una boca pequeña de labios carnosos de ardiente grana. Su nariz a tono con sus labios, también era deliciosamente pequeña culminando en una redondez meridiana. Un mentón firme que determinaba carácter y poca paciencia y hasta quizás una pose caprichosa. Los ojos, de un marrón intenso, movíanse de extremo a extremo, con inquietud y a la vez con censura. Su frente, generosa, revelaba una inteligencia extraordinaria y sus cabellos, oscuros, caían en densa y lacia cascada. Un cuello de cisne remataba esta descripción con sus mejillas apenas sonrosadas. Y muy coqueta.
No ví más, pues su rostro atrapaba toda mi atención desprejuiciada.
La esplendorosa mujer llegó hasta mí y se sentó a mi lado, yo me dí la vuelta y quedamos frente a frente.
Hizo unos mohínes que me resultaron exquisitos y mientras fruncía un poquitín el ceño, cruzó sus piernas: la izquierda sobre la derecha. Fue inevitable para mí, mirar sus piernas: largas, finas, apenas torneadas.
Ella percibió mi mirada y dijo con tono de halagada:
-Es mi pollera griega, ¿te gusta? La compré en un viaje que hice a Grecia hace cinco años. -Y al decirlo, sus manos tomaron los bordes y con suma gracia femenina, los encogió por encima de sus rodillas, dejando a la luz un sutil corte que alentaba mi deseo.
Pero algo urgente necesitaba una directa explicación.
-¡Hablas! ¿Quién eres tú que entras así porque sí en mi espacio privado?
La mujer se echó atrás, sorprendida, mientras yo miraba su pollera griega y dijo:
-Deja de bromear. Soy tu novia, tu futura esposa; te vengo a buscar, ¡hoy nos casamos!
Al momento, sentí un ahogo que acusaba con insistencia cerrar mi existencia. Desvié mi ojos de ella y busqué el reflejo de la boya y concentré todo mi ser en ella, mientras lloraba porque... yo la amaba. Nací para amarla y adorarla.
La luz se hizo más fuerte y al darme la vuelta, ella ya no estaba a mi lado, pero en su lugar, en la silla, estaba perfectamente doblada, la pollera griega de una mujer de quien en mi realidad rehuía, pero en mis sueños buscaba.
elcuervolopez
























4 comentarios:
Pues como sigas huyendo...
Vas a tener que hacer un casting de candidatas para que encajen en esta descripción. : )
¡anda qué!... y yo todo el fin de semana buscando la dichosa pollera de las islas de Esopo y resulta que me la dejé olvidada en la silla...
Angela: Qui u ta' loca, nena. Aver se se me viene el morocho de tu cariño. Jo!
Tu tranqui, que mi morocho le tiene respeto al avión y el barco tampoco es santo de su devoción. Si vivieras en Segovia ya no te aseguraría nada.
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