sábado, diciembre 29, 2007

REFLEXIONES BARATAS: MI VIAJE MUSICAL

Para componer o escribir pensamientos o reflexiones, me resulta de cierta manera imprescindible abstraerme del exterior y todo tu pandemonium disonante. Esto parecería ser lo adecuado, mas existen personas que hacen todo lo contrario. Todo depende del lugar en donde su espíritu repose o se atormente con mayor deleite.
Otro elemento fundamental es que mi cerebro, mi mente, mi pensamiento, mi alma, mi corazón y mis epiplones, se encuentren acompasados por la música celestial o infernal, si llegara el caso, de los autores devenidos en clásicos.
Me proveo de mis viejos y queridos auriculares de máxima fidelidad, con una gama de frecuencia apta y exquisita en graves y agudos; presto para renovar una vez más el encuentro con el bellísimo Concierto nº 5 para Piano y Orquesta de Camille Saint Saens, cuya sinuosa y seductora melodía, exótica y a la vez romántica, me lleva a soñar despierto con el lejano Egipto y sus noches pletóricas de misterio; o abuso de la grandeza de su Sinfonía nº 3 cuyos movimientos iniciales me subyugan con su melancólica añoranza del paraíso perdido y recuperado con un final de gloria y sublime belleza. A despecho de mi amigo Fabio, sí considero grande de
grandeza a esta magna obra.
En otras oportunidades, la tragedia y el pathos de Gustav Mahler me invitan a que descienda a lo más profundo y tormentoso del alma humana; y si el caso es gozar de su Sexta Sinfonía, no puedo más que emocionarme frente al amor pasionado que sintió el autor por su esposa, Alma...
¡Tanto amor! ¡Tanta pasión!
"Mientras mi música viva, nuestro amor no morirá"
El temperamento, la nota bravía, llena de fuerza y vigor, vienen de la mano de Brahms y Dvorak.
Así como lo he dicho de algunas óperas de Puccini, alego lo mismo con relación a la Sinfonía nº 7 de Anton Dvorak. Escuchar esta obra es sumirse en el más hondo dramatismo que componer se pudiera. Los cuatro movimientos varían entre el grito más desesperado como la canción de cuna más nostálgica y dolorosa jamás compuesta. Invariablemente termíno con los ojos llenos de lágrimas y el impulso de agitar mi puño contra algún invisible obstáculo.
Brahms. Su fuerte carácter se vislumbra a través de sus obras, pero especialmente a través de sus sinfonías. Me cautiva la fuerza dramática de la Sinfonía nº 4 y su emotivo y temperamental final, cuyas notas resuenan en mi mente con mucha frecuencia. Y el movimiento final de su Sinfonía n° 1... vigor 100 %.
Estas dos obras, entre muchas obras de otros muchos autores (el Emperador o la Sinfonía nº 7, de Beethoven), subliman mi talante.

La pasión, el romanticismo desbordante, pletórico de arrobamiento... el corazón que no ve y la razón que no siente, todo eso y mucho, muchísimo, lo experimento a través de las melodías que empapan las obras de Rachmaninov, Tchaikovsky y Schumann.
Me deleito con fábulas exóticas gracias a Glazunov y Rimsky Korsakov y regreso a tiempos pretéritos de la mano de Stravinsky.
Reservo el momento de profundo recogimiento y misticismo universal para la monumental Sinfonía nº 8, de Anton Bruckner. Oirla, sentirla, gozarla, me conecta con los secretos arcanos...
¿Y los momentos elegíacos? Nada mejor que Alexander Scriabin o Edward Elgar, quienes con sus pensantes sinfonías, trasladan mi intelecto a las orillas de la Laguna Estigia...
Y el canto del cisne, ese momento final en donde el artista ve cerca la meta concluyente de su camino...
El Concierto para Cello de Elgar, la Sinfonía n° 10 de Mahler... trazar el recorrido supremo entre la vida y la muerte... y avanzo, pero no solo. Llevo en mi ánimo el furioso y juvenil optimismo de Schubert y su Sinfonía n° 9, "la Grande" y la Octava de Dvorak.
Pero es un viaje que no se termina...
elcuervolopez

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